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Neuronas en Vacaciones

domingo, 3 de abril de 2011

El impacto narrativo de Justina

Justina estaba escribiendo un relato sobre el transporte público. Tenía una extraña obsesión por el tren ligero y su operador. Creía que el silencio del conductor era de los silencios más riesgosos y erógenos.

Terminó su relato en primera persona en donde el narrador era el conductor del tren. La historia estaba influenciada en gran medida por el Marqués de Sade, en donde lo más importante es satisfacer los más sucios instintos fantásticos, únicamente sexuales.

El relato ya tenía semanas de haberse escrito y aun no había sido leído, ni siquiera por ella misma. Hasta que un mes después su madre lo descubrió, estaba bajo llave en aquél ropero viejo. Cuando lo leyó, por un momento pensó que su hija tenía serios problemas mentales. Pero después agradecería haber encontrado la llave del ropero y sentir los placeres de un texto como ese.

Ese mismo día Justina llegó a las once de la noche. Fue el día en que se desencadenó una sarta de eventos memorables. Su madre había pegado con un imán el relato en el refrigerador como una forma de regaño a manera de halago; su hermana ya lo había leído y fue cuando el texto dejó de ser fantasía sólo de Justina para ser parte también de su pequeña familia; incluso meses después Justina se enteraría que su hermana junto con su madre iban todos los fines de semana a la línea más lejana del metro a satisfacer las realidades del relato.

Pero Justina ese día llegó con una sonrisa dibujada en el rostro, y no se enojó, sólo arrancó los papeles del refrigerador y aunque se sentía invadida, se fue tranquilamente a la cama a recordar lo sucedido ese día: había roto por fin el silencio de un chofer de tren, estuvo dando vueltas con él andén por andén, por largas horas. El nombre del chofer era Ricardo, alias Don Ricardo, y tenía aspecto nonagenario pero tenía sesenta años, era una antigüedad que podía presumir de una saludable erección. Intercambiaron números de teléfonos y quedaron en que el próximo domingo harían lo mismo. Por fin Justina fue parte de ese silencio y quería seguir siéndolo, quería dormir en el silencio del conductor del tren.

De pronto apareció su madre en el marco de la puerta pidiendo una justificación del texto, como cualquier incomprensible maestro de narrativa. Justina se sintió más invadida y lo que hizo fue salir corriendo. Eran las once y media y aun faltaba media hora para la última corrida del tren. Le marcó a Don Ricardo, corrió al andén y esperó a que llegara con sus vagones. Tardó diez minutos. Subió al primer vagón, con Don Ricardo, y cuando todavía faltaban cinco estaciones para llegar a la terminal, Justina le leyó el relato.

A Ricardo se le empezó a parar lentamente el miembro, Justina lloraba y leía muy sutil, tocándose los senos como si los estuviera conociendo apenas, así como cuando tocamos lo somero del pasto con la palma de nuestras manos. A Don Ricardo se le terminó de parar el pene. Detuvo el tren en medio del penúltimo túnel y antes de que Justina concluyera su lectura, la despojó de sus bienes materiales y la penetró frente a las últimas personas que miraban con cautela desde el primer vagón. Fue una penetración sumamente silenciosa y erógena, como el silencio que Justina amaba.

Don Ricardo al día siguiente ya no pudo conducir más, quería ser como Justina, quería ser Justina: quería estar al lado de un conductor y narrarle el relato. Por eso renunció a su trabajo, sin importarle su familia, pero aun así todos los días se le vería en algún tren, difundiendo el relato de Justina y teniendo sexo desenfrenado con los conductores.

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