zapatero a tu zapato

Neuronas en Vacaciones

jueves, 28 de julio de 2011

INDIGENISMO CITADINO

Llevaba alrededor de ocho estaciones recorridas en metro y ya estaba hasta la madre de escuchar a los vendedores: rastrillos, lupas, engrapadoras, libros, discos, etc. En todos los vagones habrá siempre un vendedor de fruslerías. Pero el siguiente no sería un vendedor ordinario, esta vez sería diferente, la recordaría como la insensibilidad. Entró una indígena, con armónica de su abuelo, tocándola con rapidez, inflando y desinflando sus cachetes pétreos como los pezones, provocando una armonía enajenadora. Sólo ofrecía dos tonos y muchos soplidos al azar. La anciana se acercaba con rapidez para su edad prosaica: sin mirar qué pisaba enfrente, pues era ciega. En una mano llevaba un bastón y con la otra el instrumento musical. De su brazo derecho traía colgando una cubetita en donde los pasajeros del metro debíamos depositarle nuestra lástima en forma de moneda. Yo no tenía planeado darle alguna moneda porque desde hacía tiempo regalaba de esa manera mi dinero hasta que, después de vivir famélicamente, reflexioné que “está cabrón darle dinero a cada jodido que veo en la calle”. Mi madre siempre me lo dijo: eres un blandengue. Ya había decidido solidificar pero esta indígena me traía recuerdos de mis raíces, como si mis antepasados me llamaran. Cada que se acercaba a mi lugar, en donde estaba sentado, me acongojaba más y más en cada paso pequeñito que ella daba; hasta me daban ganas de llorar, darle todo mi dinero y sentirme más cerca del cielo. Pero era lo contrario, sabía que mi dinero sólo la aliviaría momentáneamente pero jamás la iba a curar. Refunfuñaba cómo diantres era posible que una señora mayor, con canas y arrugas, ciega y frágil, pueda estar caminando entre los cuerpos inertes y desinteresados. “¿Hola, cómo estás Dios? ¿estás?”. Deliraba estupideces que podrían ser las respuestas: la necesidad, el gobierno, los astros, Dios, el sistema, el neoliberalismo, el narcotráfico, el fútbol.

Pero a la única certeza que llegué es que los indígenas deberían ser los pobladores más dignos de México.

Entonces pasó frente a mí, chocando su bastón en el piso. Su armónica era hermosa, color amarilla y ensalivada, vieja; por un momento pensé que el sonido había absorbido al tiempo, es decir, como si la armónica hubiera capturado a los segundos y en cada soplido que la anciana daba, pasaba un segundo frente a mis sentidos, con rapidez y armonía.

Le coloqué en la cubetita cuarenta y cuatro pesos, lo que me había sobrado del billete de cincuenta con el que pagué dos boletos del metro. Recordé a mi madre. Después a mi abuela, y al final a la bisabuela, que había muerto de ochenta y tantos años unos meses atrás. Morenas, trabajadoras, cocineras, ejemplares. Gachamente espirituales, bondadosas y hasta mitológicas.

La anciana terminó de recolectar dinero en el vagón donde iba y salió de él tan deprisa que pudo entrar a otro más en el mismo tren. Finalmente, a tumbos entró a otro vagón.

Pero... ¿Alguien más habrá sentido en ese otro vagón lo que yo sentí?

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