zapatero a tu zapato

Neuronas en Vacaciones

martes, 14 de abril de 2015

RADAMES

Radames le hizo una pregunta en secreto a Douglas. Al volver, comenzó a grabar con su celular. Le hizo una seña al Miami para que pusiera la luz frente a Arredondo, y luego preguntó su nombre completo. José María Arredondo García. ¿Por qué estás aquí? Mi jefe me obligó. ¿Quién es tu jefe? El subcomandante Díaz. ¿Qué te obligó a hacer? Ayudarlo a capturar al Miami y matar al Comandante. ¿Cuánto te iba pagar? cincuenta mil pesos. ¿Quién los contrató? Don Ernesto quería comprar a la policía. ¿Cuánto dinero le dieron a tu jefe? Cien mil pesos, sólo por el jale de barrer gente, la compra se la iban hacer al alcalde. ¿Ernesto habló con el alcalde? Que yo sepa no, pero también nos querían contratar para secuestrar a su hijo. ¿Para qué? Para calentar la plaza. ¿Con cuales políticos hablaron? Yo con ninguno.
Radames cedió la cámara al Miami para que grabara lo que iba hacer. Tronó sus dedos y con la mano izquierda sujetó la cabeza de Arredondo, supo que no la soltaría hasta que estuviera sin cuerpo. Una cabeza sin cuerpo son dos enemigos caídos, dijo. De algún lugar de su pantalón sacó un cuchillo medianamente largo y delgado, con el que comenzó a cortarle el cuello. El cuerpo serpenteó como pescado. Apretó los cabellos sujetando la cabeza más fuerte. La ansiedad de las manos atadas mataba lentamente a Arredondo, al darse cuenta que lo estaban degollando como cuando degollaba gallinas en la sierra. Para que no te vayas al otro mundo sin saberlo, le dijo Radames, a tu jefe Díaz no le iban a pagar cien mil pesos, le pagaron un millón. Un rio espeso bajó por el cuello hasta mojar su camisa. Comenzaron los balbuceos, aunque no duraron mucho. Tania gritó sin control. La sangre comenzó a bajar por el cuerpo de Arredondo, que después de unos instantes, azotó frente a todos. El Panchillo cerró los ojos y se desvaneció. El subcomandante Díaz observó sin miedo aparente. Esto les va pasar a los que quieran tumbarnos, le dijo Radames a la cámara, luego miró a Díaz, alzando la cabeza de Arredondo, goteando sangre. Tenía la lengua de fuera y los ojos virolos. La soltó y sonó como una pelota con poco aire. Rió con un sentido del humor rarísimo, negro y acedo. ¿Puedo cogerme a tu morra? Preguntó al Miami, señalando a Tania. Sin emitir sonido, él se lo permitió. Le apretó los brazos y la puso de pie. Tania quiso zangolotearse pero Radames le endilgó un par de cachetadas. Luego se la llevó al fondo de la habitación, donde la oscuridad se apoderaba de los gritos. Alzó su vestido y bajó sus calzones de un solo zarpazo. Primero acarició el clítoris seco, luego saboreó las caderas y sus piernas, manchando su cuerpo con la sangre de Arredondo que tenía en la mano derecha. Cada vez que se movía demasiado le pintaba una mancha roja en la espalda. Fueron unas cuatro manchas dolorosas que la obligaron a arrodillarse. Le continuó frotando la entrepierna hasta que dejó de moverse. Volvió a hacer círculos sobre su sexo lubricándola con la sangre de Arredondo. Desabrochó su bragueta con cierta cautela y la violó sin compasión, agarrándose de su cadera y jalando sus cabellos.

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